En Tlaxcala, el Día de Muertos no es solo una fecha: es una pausa en el tiempo donde el color y la memoria se encuentran. Este año salí a registrar la tradición con mi cámara, buscando capturar no solo las ofrendas, sino la gente que las hace posible.

Lo que más me llama la atención es cómo el charro, con su traje de gala, se vuelve símbolo de esta celebración. No es un disfraz: es identidad, es historia que camina por las calles.

Los colores de la tradición
Trabajé con dos paletas que definen esta fecha: el verde de la esperanza y el vino de la memoria. Cada tono cuenta una historia distinta, pero ambas hablan de lo mismo: la presencia de quienes ya no están, pero siguen aquí.

La fotografía documental en estas fechas es un acto de respeto: no invadir, sino ser testigo de un momento sagrado para las familias.
La luz de noviembre en Tlaxcala tiene una cualidad especial: más suave, más dorada, como si el sol también entendiera que este día es diferente. Esa luz fue mi principal aliada.
Lo que me llevo de estas tomas
Cada ofrenda es un universo: tiene flores, tiene comida, tiene fotografías, pero sobre todo tiene historias. Mi trabajo no fue solo registrar el objeto, sino intentar capturar el amor que hay detrás de cada detalle.

Regresé a casa con la tarjeta llena y el corazón lleno también. La fotografía documental tiene ese poder: te conecta con la gente de una manera que pocas otras disciplinas pueden.
Puedes ver la serie completa de Día de Muertos en FOTOGRAFÍA ↗.
